Desde los glaciales del Himalaya y lo largo de más de 2.700 kilómetros, el Río Ganges es testigo del pasado milenario de la India. El agua, con sus connotaciones religiosas como símbolo de purificación y vida, tiene una gran importancia en muchas culturas, pero en ninguna parte es más evidente este respeto por el agua que en India, un país que venera sus ríos como sagrados. En su recorrido por todo el país, se convierte en centro de la vida espiritual de más de mil millones de personas, pero es en Varanasi donde toda esa espiritualidad se muestra en su máxima expresión. En sus ghats, las escaleras que descienden desde todos los callejones de la ciudad hacia el río, transcurre la vida entera de este lugar milenario en el que dia tras dia se desarrolla el ciclo ritual de la vida y de la muerte. Palabra originaria del sánscrito «ghatta» que significa «lugar de aterrizaje» o «escalones de acceso al más allá», los ghats surgieron como respuesta a las necesidades religiosas, espirituales y sociales a lo largo de la ribera del río, y se convirtieron en lugares de congregación humana donde se refuerzan el vínculo entre naturaleza, cultura y personas. Son utilizados diariamente por los hindúes para tomar baños rituales, hacer ofrendas, lavar sus ropas, orar, realizar ceremonias religiosas y celebrar el rito de las cremaciones, actuando desde hace milenios como una fuerza unificadora que elimina las divisiones sociales y refuerza un sentimiento de humanidad compartida.
Varanasi es la más sagrada de las 7 ciudades santas del hinduismo y una de las ciudades más antiguas del mundo, con una pasado que se cree que se remonta 5000 años atras. El Ganges es el corazón de la ciudad, y está personificado bajo la forma de una diosa: Maa Ganga o Madre Ganga. Considerada como la morada del Dios Shiva y cuna del budismo, es centro de peregrinación donde al menos una vez en la vida, los hindúes peregrinan hasta allí para eximirse de sus pecados bañándose en sus aguas. Entre sus calles laberínticas y caóticas se siente una energía difícil de percibir en otros lugares del mundo, no hay que ser hindú para darse cuenta de lo que allí confluye. Un lugar donde lo emocional pesa siempre más que lo racional, donde la muerte envuelve a la vida y la vida encarna a la muerte.


